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15 de junio de 2010

La prueba de Turing

¿Puede una máquina pasar un cuestionario de forma que sus respuestas no permitan saber si las dio una máquina o una persona?

En una tertulia de bar me recomendaron la mente nueva del emperador y ahora ando haciéndome preguntas originadas en cierto modo por la prueba de Turing, por ejemplo, pensemos sobre el miedo. ¿Podría enseñarle a una máquina a tener miedo? ¿Qué define el miedo?
Mi opinión es que el miedo es una pauta aprendida, yo tengo los miedos que mi sociedad me enseña, si viviese en otra lugar probablemente tendría otros miedos. El miedo es como una señal, una alarma, que te advierte de que algo que desconces te puede producir dolor.
¿Podría enseñar a una máquina mis miedos, al igual que yo los voy conociendo? ¿Podría mostrarle mis fuentes de dolor y de placer y decirle que se mueva evitando las primeras y persiguiendo las segundas?
Mis miedos ¿cómo se manifiestan fuera de mi? ¿Podría fingir tener miedo? ¿Cómo debería hacerlo?

Elegí el miedo como ejemplo de sentimiento que cada uno sabe cómo se manifiesta en uno mismo y cómo exterioriza ¿Y otro sentimientos? ¿Soy consciente de qué y cuándo se van a provocar? ¿qué sentimientos son involuntarios e inconscientes?

¿Cómo sé que no me han programado para pasar una prueba de humano y estoy respondiendo sin saber lo que significa?

23 de agosto de 2009

Historias de verano: La odiaba

No la soportaba, no podía con ella, me asustaba sólo pensar que pudiese encontrarme con ella ... hasta este verano ...
Este verano he aprendido a (iba a decir quererla, pero creo que todavía es pronto, digamos simplemente ...) no odiarla.
Mi odio venía legitimado por el miedo. Le tenía un miedo atroz, me asustaba sólo con verla, con mirarla desde lejos. Miedo, pavor y correr eran mis únicos pensamientos, cuando la veía. Nunca me interesé por cambiar esos sentimentos, entre otras cosas porque pensaba que no podía cambiarlos (¡ilusa!). Jamás me acerqué a ella de forma intencionada, alguna vez nos hemos rozado como nos rozamos en las grandes aglomeraciones, pero su presencia y nuestro roce me irritaban tantísimo que me iba corriendo.
Este verano nuestra historia ha cambiado. Ahora soy capaz de mirarla sin correr, de acercarme a ella y de ¡tocarnos sin que me irrite!
El miedo es el síntoma del desconocimiento y la causa de mi odio hacia ella. Así que la solución a mi odio era clara, sólo necesitaba que alguien nos presentara. Una tarde nos presentaron, nos dijimos un frío Hola, ¿qué tal? (haciendo caso de las indicaciones del Colegio de Médicos de Madrid, para no contagiarnos de gripes Aes) y mi miedo se fue borrando. Desapareció por completo cuando nos tocamos. Debo reconocer que me gustó, tanto que habría estado tocándola toda la tarde (pero me corté un poco porque ella me miraba con cara de oye tú, no nos conocemos tanto, ¿no?). Debo reconocer también que hemos avanzado pero todavía nos queda un poco. Todavía no estoy preparada para que ella me toque cuando quiera sin yo saberlo. Necesito controlar la situación y ser yo quien se acerca a ella ... Pero aún así, me siento muy feliz de poder nadar sin tanto miedo, de verla tan relajada por el agua y no salir corriendo gritando: ¡una medusa, una medusa!. Ahora ya no pienso en el escozor que provocan sus tentáculos ahora pienso en la textura de su exumbrela, en su suavidad cartilaginosa ... ¿No la has tocado? ¡pues hazlo!